Admirad@s lectores/as mí@s:
¡Qué paciencia la vuestra, qué tesón! No merezco vuestra incondicional y rendida lealtad. No se puede dejar a tan fervientes seguidoras/es sin noticias durante tan largo, canalla e inhumano intervalo temporal. Pero habéis de saber que el camino iniciado en pos de la gloria literaria no es cosa de un día. Ni de dos. Por otra parte, estoy convencido de que una de las mayores virtudes que voy a mostrar a lo largo de mi carrera como escritor va a ser permanecer en silencio cuando no tenga nada interesante que narrar; no ser fatuo, vacuo, redicho o redundante; alejar la prolijidad y los barroquismos de mi prosa; no caer en el uso inmoderado y efectista del punto y coma; ni de los puntos suspensivos…
Creo recordar que sí hubo un día que concebí argumento interesante para engrosar el número de palabras de este humilde blog, pero me pudo la pereza. Ese es uno de los vicios, de los pecados que me aleja de una carrera literaria fecunda; ese y la lujuria, la gula, la soberbia, etc..
Por otra parte, creo que debo cimentar mi carrera con el ejemplo de los clásicos. Debo empaparme primero con la lectura de los grandes, a muchos de los cuales sólo conozco por vagas e imprecisas referencias: Faulkner, Proust, Williams, Elvis… No son pocas (son muchas) las lecturas obligadas para un narrador tan excelso como voy a ser que aun me restan, antes de emprender mi ingente obra.
He empezado por un autor británico: William Golding. Y más concretamente, por su inmortal Lord of the Flies. Lo he leído con deleite y provecho (espero) por tres razones capitales:
1) hace tiempo que me apetecía leerlo
2) pasé una tarde por delante del escaparate de una librería de viejo y allí esperaba un ejemplar de El Señor de las Moscas, al módico precio de 4 €
3) creo que mi primera creación literaria va a ser una distopía
Os voy a dejar unos días de plazo para que lo leáis. Sé que me váis a agradecer el consejo y además, empezaremos a tener algo en común -e interesante- de qué hablar. Entre tanto, estoy leyendo El Alquimista, de Coelho que me está propiciando otra grata sorpresa. Sin otro particular se despide -hasta el próximo post- vuestro seguro servidor.
Manuel García
“El señor de las moscas”!
leí ese libro con 15 años en el instituto. Era una lectura obligatoria en la clase de ética. Fue un libro que me hizo sufrir bastante (sobre todo cuando asesinan a Piggy). “El Alquimista” fue el primer libro que leí de Paulo. Lo leí en inglés. Lo acabé de leer sólo porque me resultaba fácil de entender pero en ese momento me pareció enervante y pastelero. El segundo libro de Coelho que leí fue “El diablo y la señorita Prym”. También lo leí en inglés (animada porque “El Alquimista” me había resultado tan fácil de entender). Ese me gustó bastante. Le siguió “El peregrino de Compostela” en francés (“si en inglés se entienden bien, en francés también”, pensé yo. Y así fue). Fue ahí cuando me convertí en fan incondicional de Coelho. Después llegó “Como el río que fluye” también en francés. “Once minutos” fue el primer libro de él que leí en español. Lo devoré en dos noches. Volví a releer “El Alquimista”, esta vez en inglés para reconciliarme con el libro y porque creo que a muchos de nostros nos pasa como a Santiago: nuestro tesoro se encuentra ahí dónde empezamos a buscarlo
Ante todo, amiga Ana Said, reciba mi más calurosa bienvenida y cordial enhorabuena por ser la primera persona del ciberespacio en dedicar unos instantes a responder una entrada de este blog. Déjeme considerarla como una hermana para mi. Nunca lo olvidaré. Bueno, comparto con usted las visiones que expresa de los libros citados: me refiero al Alquimista y al Señor de las Moscas. En primera instancia, también me chocaba el espíritu de optimismo desbordante que parece plantear Coelho; sobre todo, después de haber leído la cruda distopía de Golding. Tras un análisis más reposado, ni éste último es tan ‘pesimista antropológico’, ni áquel tan desconocedor del sufrimiento y la maldad del género humano. Lo que es indiscutible es que están muy bien escritos y mueven a la reflexión. También es cierto que depende mucho del momento vital en que a un@ le pille la lectura de estos relatos. Es igual que esas películas que uno recuerda como lentas y sensibleras y que, después de los años llegan a conmoverte. Me pasó con Los Puentes de Madison. Sin duda, estoy acabado ¡Qué triste!