(Cartas desde el exilio vacacional)
Querido Internet:
Hace tanto que no te escribo que tal vez tengas la sensación de estar recibiendo un flujo de datos cualesquiera. Entre otras razones para esta larga interrupción comunicacional, no ha sido la menos importante la de mi ausencia física. Me dirás que tú estás en todas partes, pero de vacaciones en Portugal apetece menos genuflexionar las falanges digitales sobre los grafos de los teclados. No me lo reproches; comparto ahora contigo un par de impresiones de un viaje que empieza a entrar en el recuerdo.
Lisboa es una ciudad bella y magnífica, el último escalón europeo y capitalino hacia una luz que se intuye aun más intensa -si cabe- al otro lado de un gran mar. El Tajo es un camino de agua espléndida que alfombra el rumbo al océano. La Torre de Belém es joya y capricho real, respetada por los terremotos y los siglos.
Oporto, en su desorden constructivo de fantasía, envuelve mucho más en la emoción de la saudade (que fluye con el Duero y los vapores de um bom copo de vinho). Oporto es preciosa. Habrá que volver, quién sabe cuándo. Ya te contaré, Internet.
